Gerda Taro, una mujer libre en un mundo de hombres

Inspiración

 

Noche del 25 de julio de 1937. Un cuerpo yace en la carretera que une Brunete con Madrid mientras la Legión Cóndor ametralla y bombardea las tropas republicanas en retirada. En el caos, un tanque republicano le ha pasado por encima. La joven de 27 años es trasladada al hospital de El Escorial donde muere esa madrugada. Al día siguiente, Rafael Alberti acude al hospital para reconocer a aquella fotógrafa muerta. “Cuando nos pasaron a un cuarto vacío de la planta baja vimos en un rincón, recostada sobre una tarima, tapado casi el rostro ensangrentado por unas vendas y el cuerpo por una sábana vimos a Gerda Taro, la compañera de Robert Capa, aquella linda muchacha que se creía intocable, lo mismo que nosotros pensábamos de ella. ‘Llegó aquí destrozada —nos dijo, creo, un enfermero—, pero aún seguía con vida. Sin anestesia, pues no la teníamos, tuvimos que operarla. Ya no podía hablar. Hizo ademán de pedir un cigarrillo, y mordiéndolo rabiosamente murió en la operación”.

 

Pero antes de morir y antes incluso de de perder la voz, Taro preguntaba, una y otra vez: “¿Mis cámaras están rotas? Son nuevas. ¿Están aquí conmigo?”. Porque era muchas cosas, pero ante todo era una fotógrafa. Una gran fotógrafa que registró la guerra civil española pero que acabó en el olvido casi absoluto, limitada a una nota a pie de página en la biografía de uno de los personajes del siglo XX: Robert Capa. Hasta hace muy poco, para poder ver sus fotografías tendríamos que haber vuelto a esos periódicos y revistas de 1937.

 

Hotel Colón, sede del Partido Socialista Unificado de Catalunya, Agosto 1936. Fotografía de Gerda Taro.

 

Pero antes de eso Taro hizo otras muchas cosas. Fue mucho más que una pionera en el fotoperiodismo. Hija de una familia judía burguesa, recibe una educación laica y se destaca como una excelente estudiante. Aprende inglés y francés, además de su alemán nativo. Ya desde su juventud es una mujer emancipada. Por un amor que sus padres no aprueban acaba en un internado. “Me doy cuenta de que puedo estar enamorada a la vez de dos hombres. Sería estúpida si me preocupase por ello”, escribe en una carta a una amiga. Fue encarcelada cuando Hitler llegó al poder, acusada de repartir panfletos comunistas. En la cárcel toma plena consciencia de su libertad, de ese centímetro de libertad que nadie será capaz de arrebatarle.

 

Tras ser liberada, viaja a París. Trabaja en negro como mecanógrafa para un psicoanalista austriaco. Vive en buhardillas. Vive en hoteles baratos. Vive en casas de amigos. Libre, sin dinero para cenar, nunca pierde la esperanza en el futuro.

 

En 1934 conoce a un joven húngaro llamado André Friedmann. Un par de años después, y gracias a la ayuda de Taro, será el fotógrafo más famoso del mundo y habrá cambiado su nombre por Robert Capa. Pero Taro no se detiene ni se deja apisonar por la fuerza del personaje y continua su vida independiente. Vive durante un tiempo con Fred Stein, que la acercará por primera vez a la fotografía. Empieza a trabajar en una agencia. Redacta los pies, negocia con clientes, revela las fotografías y se acaba convirtiendo en el alma de la agencia. Las cosas le van mejor, así que decide irse a vivir con André, al que enseña a vestir y a vivir como un dandy al estilo de Jay Gatsby.

 

Son jóvenes, son talentosos, y tienen la ambición necesaria para comerse el mundo. Y es cuando Taro tiene una idea. Inventar un personaje de novela, un fotógrafo llegado del continente americano, rico y famoso, para trabajar durante un tiempo en Europa. Él se encargaría de hacer las fotos y ella de venderlas. Así, juntos constituyen eso que ha pasado a la posteridad como Robert Capa.

 

Milicianas republicanas recibiendo instrucción en la playa. Afueras de Barcelona, agosto de 1936. Fotografía de Gerda Taro.

 

En 1936 llegan juntos a España para cubrir la victoria del bando republicano ante el fascismo, un tiempo en el que, en palabras de George Orwell, “los gestos y los sentimientos generosos eran más espontáneos de lo habitual, la gente vestía en harapos, había carteles revolucionarios de colores intensos, se oía por todas partes la palabra ‘camarada’, había canciones antifascistas impresas que se vendían por casi nada y los hombres ignorantes repetían patéticamente expresiones como ‘solidaridad proletaria internacional’ convencidos de que significaban algo”. Las cosas no podían ir mejor para ellos. Están justo donde quieren estar, y consiguen vender sus fotos a Time, Ce Soir o Vu. La colaboración entre ellos va incluso más allá del plan inicial, pues ella también hace fotografías junto a André, ella con su Rolleiflex, él con su Leica, que ambos firman como Capa.

 

Pero llegado el año 1937 las cosas se tuercen. Él le pide el matrimonio y ella se niega. Quiere seguir siendo una mujer libre, su compañera y no su esposa. Taro vive con la gente que fotografía, con los voluntarios de las Brigadas. Se volverá a ver alguna vez más con André, pero se desmarca del personaje. Su último encuentro será en París, un mes antes de que ella muera. Ella vuelve a España. En las trincheras, increpa a los soldados que huyen aterrados y les grita que se detengan y luchen. Al día siguiente, pierde la vida.

 

Miliciana republicana recibiendo instrucción en la playa. Afueras de Barcelona, agosto de 1936. Fotografía de Gerda Taro.

 

Su muerte fue noticia en todo el mundo. Imposible no traer el obituario publicado en la prensa norteamericana: “Murió por la mañana, en el hospital de El Escorial. Su marido, el fotógrafo Robert Capa, estaba con ella”. Al año siguiente, su supuesto marido le dedica un libro, pero todas las fotos que tomaron juntos ahora están firmadas por él. En algunas incluso se sustituye la firma de ella por la mención “Fotografía de Robert Capa”. Sea o no voluntario, ahí empieza el eclipse de Taro.

 

Así fue recordada (u olvidada), hasta 1994, cuando Irme Schaber publica en Alemania una biografía, fruto de una extensa investigación. En 2006, la biografía de François Maspero vuelve a reivindicar su figura, que va más allá de la fotografía: “en ella todo era político. Su vida, su comportamiento, sus fotos. Político en el sentido más amplio y justo que exista: es decir, en lo que preocuparse a su tiempo se refiere. El hecho de sentirse sujeto y no objeto. Sujeto de la Historia y sujeto de su propia historia. Si hubiese que definir a Gerda con una sola palabra, sería libertad (…) Porque su vida fue eso: su libertad como mujer, la libertad de su cuerpo y su libertad de pensamiento”.

 

Una mujer libre en un mundo de hombres.

 

 

-Texto: Nicolás Cañete/ Fotografía original de Gerda Taro-


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