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Opinión

 

No me considero una hater de las redes sociales, pero creo muy necesario reflexionar sobre ellas. ¿Qué nos han dado? ¿Qué nos han quitado? Los grandes poderes conllevan grandes responsabilidades, y eso también va por las redes sociales.

Actualmente vivimos en la era de la conexión, pasamos todo el día pegados a nuestros dispositivos electrónicos –ya sea en tamaño mini o maxi- compartiendo e interactuando los unos con los otros. La red es nuestra nueva forma de comunicación e incluso en muchas ocasiones, la única. Pero, ¿es eso sano? ¿No deberíamos plantearnos de vez en cuando frenar nuestra exposición?

Seguro que ahora mismo estás pensando: “estás flipada, puedo dejar las redes cuando quiera, ni siquiera las utilizo tanto”. Vale, ¿estás preparado? Dime si este no eres tú: has normalizado ese microinfarto que te da cuando no encuentras tu móvil y te parece un problema grave que se te quede colgado el Whatsapp –por no hablar de cuando no tienes cobertura… ¡eso sí que es un drama!-, compartes en tus redes fotos y vídeos de lo que haces, lo que comes, dónde te encuentras y con quién… ¿sigo?

 

 

Es innegable que la necesidad de conexión e interrelación constante está a la orden del día, y no nos damos cuenta de la relación de dependencia que se ha generado con la tecnología en nuestro día a día. Lo negativo es que afecte a nuestro desarrollo social y personal. Nos preocupamos más de los “me gusta” de nuestra última foto subida o de contestar el mensaje de turno que acabamos de recibir que de la conversación de la persona que tenemos enfrente. Nos creemos los más listos y nos atrevemos a pensar que conocemos a alguien según lo que suba en sus redes sociales, creemos que por ver la foto que ha subido “Mengano” conocemos la historia que hay detrás, y esto sólo nos lleva a que no le demos la oportunidad de contárnosla. Porque sí, queridos amigos, así somos; hemos perdido la magia de la llamada o el placer de pasar tiempo de calidad solos o con nuestros seres queridos. Atrás quedaron las charlas frente a un café –o un buen plato de comida, cada uno a su gusto- o las vueltas a casa que comienzan por un “y, ¿cómo te ha ido el día?” porque ahora lo único que hacemos es “psicotrallar” por cualquier medio y contar qué nos ha sucedido en el momento que pasa. Si no estás en la red, no existes. Si no está en la red, no ha pasado.

 

 

Pero, y si está en la red, ¿cómo está? Porque ahora que nuestros hábitos de comunicación han mutado, ya no nos fijamos en la comunicación no verbal, sino en qué icono se ha utilizado para acompañar la frase o en los signos de puntuación –y vaya uso les damos a veces…- porque en la elección se encuentra el significado. Pero no os olvidéis que las redes nos muestran una cara incompleta: ves lo que tú quieres ver y a su vez muestras –y te muestran- lo que quieres que se vea.

Y con ello no os estoy diciendo que os borréis las redes sociales, ni mucho menos –yo tampoco podría aunque me estoy planteando tomarme un tiempo détox– pero sí que valoréis más lo que tenéis alrededor, que otorguéis tiempo a vivir las experiencias en lugar de inmortalizarlas y compartirlas, guardaos cosas para vosotros porque no todo el mundo tiene derecho a fisgar en vuestra vida. Y nunca os olvidéis de que lo personal es lo que más comunica.

 

 

-Texto: Andrea de Buenaga/ Imágenes: iHeart de su colección #asignoftimes-


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