Phoebe Philo, nostalgia y fish and chips

ignorant.

 

Joaquina nunca vuelve a Madrid sin el salchichón que su madre le prepara. En una noche de vinos, Eusebio nos sedujo con lomo embuchado de su matanza familiar. Y tendríais que ver cómo el jamón ibérico revienta la maleta de Sara cada vez que regresa a sus islas adoradas. Contra la deslocalización, víveres de provincia –mientras escribo esto e investigo en la red, un anuncio de Joselito aparece en un portal de moda, ¿un poco espeluznante, no os parece?–. Todos saben que en casa está lo mejor. Lo envasan al vacío y, ¡ale!, plástico contra el paso del tiempo. Tiempo que, tras su letargo, acabará en boca, estómago, intestino y otros destinos. Nostalgia plastificada que se torna fugaz, tan eterna como efímera, tan triste como emotiva. Muchos jóvenes –y no tan jóvenes– jugamos a ‘ser mayores’, pero siempre escondemos un secreto: encapsulamos el tiempo y los sentimientos como cura para los anhelos y las añoranzas. ¡Drama!

 

Phoebe Philo, la admirada cara visible de Céline, seguramente no será tan castiza como mis amigos. Tampoco tan dramática como este ignorante servidor. Ella siempre parece ‘The Quiet Woman’, calmada, serena y relajada. Pero ciertas lenguas avispadas quizá podrían asegurar que nunca sale de casa sin un paquete de fish and chips al vacío, bien guardados en el bolsillo. ¿Qué echas de menos, querida Phoebe? El pasado octubre, BoF encendía la llama. “Huele al final de una época”, le comentó un cazatalentos anónimo a Astrid Wendlandt, reportera del medio. Se refería, por supuesto, al futuro cercano de la señora Philo. Y, aunque desde el conglomerado de lujo LVMH –orgulloso propietario de la maison francesa– lanzan un contundente “negamos categóricamente ninguna partida inmediata de Phoebe Philo de Céline”, no han podido desmentir la otra cara de la moneda: la idea, según fuentes anónimas, de que se están llevando a cabo entrevistas, no sólo para sustituir a la celebérrima directora creativa sino también para reestructurar todo el equipo de diseño de la maison. La moneda cayó de canto.

 

“Huele al final de una época” casi tanto como huele un paquete de embutido de mis amigos recién inaugurado. Pero, ¡cuidado!, a ver si de tanto jugar con la monedita y la comida se me va a manchar el ‘Tri-Fold’ de grasa. Que, por muy buena y muy de pueblo que sea, no le sentará nada bien a mi ansiado hallazgo de la marca. Será de segunda mano –o pre-owned, que suena más del momento, más in, más fab, más de todo-, ¡pero es un Céline! La firma, que nació en 1945 como una marca de zapatos para niños ideada por Céline Vipiana, ha sido siempre muy recelosa del medio digital, tanto en las redes sociales como en el ecommerce. ¡Conseguir una de sus piezas más allá de la boutique física se antojaba hazaña épica para las chicas de provincia! Pero aquella odisea se empezó a desdibujar gracias a la coolización del pre-owned que antes citábamos, término popularizado por la web francesa de compra-venta Vestiaire Collective, en la que numerosísimos Céline esperan dueño golosamente entre los cerca de 6 millones de potenciales compradores que el portal atesora –con un apabullante crecimiento de 170.000 nuevos usuarios al mes–. Un ejército de zapatos, bolsos, prendas y otros accesorios deseosos de encontrar nuevo hogar. Porque, si de algo sabe Phoebe Philo, es de crear piezas icónicas que generen deseo irrefrenable en cualquier punto del Globo. En otras palabras, nadie como la diseñadora para haber ideado verdaderas joyas a lo largo de sus nueve años al frente de la firma y conseguir que, aún hoy, parezcan inalcanzables para muchos, herméticas, lejanas, irresistiblemente mágicas.

 

Ay Phoebe… tú y tu condición de semidiosa creativa; tú, que reflotas marcas históricas y embelesas a los seres más mundanos; tú, deseando, en verdad y en silencio, volar a parajes lejanos. Estén en las antípodas o al alcance de tus mágicas manos, varias pistas quizá nos hayas regalado. Tus colecciones saben últimamente a aventuras, a una libertad muy alejada del bullicio urbano de la capital francesa. Y, aunque sabemos que la diseñadora británica vive y trabaja desde Londres, entre los mapas, las túnicas marroquíes, las mantas de mercadillo, las reliquias y algunas alhajas, un mensaje quizá se nos escapaba: lluvia, lluvia y más lluvia mojada. Lluvia en forma de chubasqueros, gabardinas, ponchos y botas de agua. Nostalgia de su campiña inglesa, del rocío sobre la hierba fresca, del té con pastas. ¿Lluvia que parece lágrimas?

 

No llores, Phoebe. Dicen también los más curiosos del sector que la lluvia limpiará tus lágrimas. Dicen, aguzando pensamientos que ya danzaban en muchas mentes espabiladas, que cambiarás la herencia francesa por la máxima expresión británica. Dicen que te marchas a reflotar Burberry, ¡y parece que todo cuadra! Allí no comerás chorizo, jamón o salchichón como Joaquina, Eusebio o Sara. Tampoco comté, quiche lorraine o foie con tostadas. Pero todos sabemos de lo que hablas: al final, la tierra llama. Mucha suerte, querida Phoebe; quizá, como dicen, Marco Gobbetti te espere en tu tierra patria. Suena emocionante, mi mente no descansa. Y, tranquila, todos sabemos que la nostalgia va y viene, la muy canalla. Si algún día echas de menos los manjares de épocas pasadas, pegamos un toque a Monsieur Bernard Arnault para que los envase al vacío y te los haga llegar directitos a la Gran Bretaña.


 

Texto: ignorant. / Ilustración: Juan Miguel Galera

 


ignorant.

ignorant.

Comentarista deslenguado, observador del fashion system como entorno convulso, perplejo y excitante. Palabras plebeyas que anhelan verdad en una jaula de grillos. Grillos en tacones, ruidosos, ignorantes, divinos.